LA SORPRESA
Javi Brasil - 13-07-2005 22:37:42 | Categoria: Literatura Barata
Ayer descubrí por casualidad que alguien me había plagiado los cuentos que tengo en un blog en el que escribo desde hace un par de años, y que los había usado para publicarlos en un libro. Un libro suyo, por supuesto. Un libro de ese “alguien”. Mientras paseaba distraído por la FNAC esperando a mi chica para ir a ver la última de Woody Allen en los cine Renoir, me encontré con un pequeño libro, con la portada en tonos cremas, y que llevaba por título el mismo de uno de mis relatos: "Lluvia sobre París". En realidad el título entero del libro era "Lluvia Sobre París y Otros Relatos de Usar y Tirar". Me pareció ingenioso, por que no reconocerlo, la ironía del título y me produjo cierta gracia saber que había un cuento del cual compartíamos título. El libro estaba editado por una pequeña editorial que yo ni siquiera conocía. En la contraportada aparecía la foto de un joven de unos 25 años, delgado, con gafas, con un repelente fondo azul detrás de él. El texto integro que acompañaba a tan horrible foto era el siguiente: "Licenciado en Ciencias de la Comunicación en 2001 por la Universidad de Sevilla, Antonio Oropesa reúne en este libro un compendio de sus mejores relatos, entre el que se encuentra "Lluvia sobre París", con el que ganó el Premio Ciudad de Huelva en 2002. Una de las mas prometedoras figuras dentro de lo que se ha venido a llamar Nuevo Hiperrealismo Andaluz, Antonio Oropesa colabora como columnista en varios medios locales así como en distintos fanzines. "Hay que reconocer que si la brillantez del texto de presentación del autor se correspondía con la brillantez de sus cuentos, no se le podía augurar un gran futuro en la profesión de escritor.
Vi llegar a mi chica por el pasillo de los discos de jazz, cargada con una nueva remesa de Bakers y Webster y ese disco que llevábamos años buscando de Elmo Hope, y mientras con un gesto de la cabeza la decía: "hola", mis manos, desobedientes, decidieron por su cuenta y riesgo abrir el libro. Bajé la vista y comencé a leer.
Cerré el libro de golpe justo cuando noté los labios de Ana besándome y preguntándome: ¿Te pasa algo? Yo en ese momento me sentí como si ella me hubiera encontrando tirándome a todo el sector femenino del departamento de libros de bolsillo de la FNAC. Pero claro, la mentí, coloqué la mejor de mis apócrifas sonrisas y le dije: ¿Qué va a pasar?, nada. Ella decidió que la mentira era lo suficientemente ligera como para seguir indagando. Se puso a buscar en la sección de fotografía un libro de Chema Madoz que llevaba años queriendo regalarme, lo que yo aproveché para escabullirme, volver a abrir el libro y comprobar, en una turbadora vorágine de sentimientos: ira, asco, vanidad, indignación, sorpresa, orgullo, ... que lo que había en esas páginas eran todos mis cuentos, sin excepción, sin ni una sola corrección, tal como los engendré.
Ana me hacía gestos de que no había encontrado el libro que buscaba y de que ya era hora de irnos si no queríamos llegar tarde al cine. Sin saber porqué, cogí dos libros más, al azar, de las estanterías, sin ni siquiera fijarme cuales eran, solo para poder esconder mi / su libro entre ellos y evitar alguna pregunta curiosamente indiscreta de Ana.
La película de Allen debió ser excelente, como casi siempre, a juzgar por los retazos de comentarios que era lo único que yo alcanzaba a escuchar a Ana de regreso a casa, pero yo no pude disfrutarla. Durante toda la película, me ocupé de manosear el pequeño libro de las tapas color crema con la minuciosidad de un ciego , tal vez suponiendo que del contacto entre el libro y mis manos surgiría alguna oculta revelación que me hiciera entender el porqué todos mis cuentos habían llegado hasta allí.
Cuando llegamos a casa, y mientras Ana se ocupaba de ordenar en la estantería de forma alfabética, como hacía siempre, los discos recién adquiridos, y mientras ponía como banda sonora de esa noche, extraña noche, el piano de Elmo Hope, yo me apresuré a guardar en el cajón de la mesilla de noche el libro que era mío pero que no era mío.
Mantuve el tipo como pude durante la cena, controlando mis deseos que de nos fuéramos a la cama y Ana se durmiera pronto. Mientras nos lavábamos los dientes me volvió a preguntar si me pasaba algo, qué había estado muy extraño durante toda la tarde. Volví a mentirla, volvió a no creerse mi respuesta y volvió a no preguntarme más, lo que le agradecí íntimamente.
Mientras fingía leer El País, oí la respiración pausada y rítmica de Ana, señal de que se había dormido con el libro abierto y la luz encendida. No se porqué, esa era una de las imágenes de Ana que mas me cautivaban y que mas sensuales me parecían. Me levanté, le quité el libro que dormitaba encima de su pecho, y apagué la luz de su lado. Todo esto lo hacía con una tranquilidad asombrosa, por que sabia que una vez Ana se dormía, ya podían aparecer de nuevo en el dormitorio la sección femenina de libros de bolsillo de la FNAC que ella no se despertaría.
Aparté por un momento mis delirios eróticos corales para mejor ocasión, abrí el cajón de mi mesilla y rescate mi / su libro. Por curiosidad, no se si malsana o no, me fijé en los títulos de las otros dos libros que había comprado para completar este ignominioso y vergonzoso sándwich literario: “Solo para ti, directo a tu corazón”, de un tal Máximo de León, uruguayo, y, “Como cocinar Sushi para principiantes”, de Marian Reyes, la cual, muy japonesa, no parecía.
Cogí “Lluvia Sobre París y Otros Relatos de Usar y Tirar” y me dirigí a mi “thinking area” particular, vulgar eufemismo del cuarto de baño, cerré la puerta por dentro, me senté sobre la tapa de la taza del inodoro y comencé a hojear de nuevo el libro. Por cualquier página que abriese allí estaban mis cuentos: Por supuesto “Lluvia sobre Paris”, “Frío”, “La Fuente está seca”... Cerré el libro y fijando mi vista en un punto indefinido de la pared, me detuve a intentar averiguar que era lo que en esos momentos sentía, y descubrí con sorpresa que lo que sentía era alivio, orgullo y vanidad. Mis cuentos estaban allí, plasmados en un libro. Alguien los había leído y había decidido que al menos merecían la oportunidad de formar un modesto libro y de tentar a la suerte de que muchos otros lectores pudieran leerlo. Qué la gloria, si llegaba a haberla, fuese para Antonio Oropesa y no para mi, me parecía en esos momentos algo baladí, secundario, casi infantil. Sonreí, vi en uno de los espejos del baño mi sonrisa y eso me tranquilizó. El libro no tendría mas de veinte cuentos, así que me dispuse a pasar una larga y singular noche leyendo esos relatos que fueron míos pero que ya no lo eran, así que aun albergaba la esperanza de que me emocionaran, me sorprendieran, me hicieran reflexionar, de que los cuentos entraran de nuevo en mi así como un día ellos salieron de mi.
Busque la posición mas cómoda para iniciar la lectura, cambié la luz directa del techo del baño por la mas indirecta y delicada que emanaba de uno de los espejos, y comencé a leer el libro por su primer relato, titulado “La sorpresa” y que decía así: "Ayer descubrí por casualidad que alguien me había plagiado los cuentos que tengo en un blog en el que escribo desde hace un par de años, y que los había usado para publicarlos en un libro. Un libro suyo, por supuesto. Un libro de ese “alguien”."
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