AH, EL AMOR
Javi Brasil - 06-07-2005 08:22:34 | Categoria: Literatura Barata
Piénsalo. Siempre te ocurre lo mismo. El día del regreso eres incapaz de hacer nada. Te sientes como oprimido por el tiempo, por esa certeza de que a una hora exacta vas a abandonar la ciudad, y te parece que esa hora es siempre el minuto siguiente. Intentas olvidarlo, intentas mentirte y pensar que aún te quedan cinco, diez, quince días de vacaciones. Pero nada. Ya desde que te levantas no haces mas que mirar , con ojos asustados, diría yo, el reloj, el viejo reloj alemán de manecillas que te regalaron hace ya algunos años. ¿Fue Ana? ¿Rosa? No, recuerda, fue Martita. Da lo mismo que te vayas por la noche, como en esta ocasión. Esa angustiante sensación de provisionalidad, de que el día tiene fecha de caducidad como los yogures, te impide disfrutar. Pero hoy, harto ya, te comprendo, cuando aún quedaban cuatro horas para que el tren partiera, te acercaste a la estación, dejaste tu tremendo maletón verde en la consigna y te largaste a un café de la parte vieja a esperar, whiskicito en mano, a que esos segundos tan crueles del último día te fueran ejecutando.Y ahi estabas tú, sumergiéndote ya en tu tercer whisky cuando, con cierto desdén y como descuidadamente, miraste por la ventana y la viste. No sabes porqué, pero lo primero que hiciste fue contarle los pasos, y como en un maravillosos misterio de la Naturaleza, o quizás, de la física (¿cuántica?), daba cinco de izquierda a derecha y seis de derecha a izquierda, pero eso si, no se alejaba ni un bendito milimetro de los límites que involuntariamente, o no, marcaban dos sucias farolas de luz amarillenta.
Aunque tú y el bar os encontrabais en la acera de enfrente, decidiste asi, inopinadamente, de golpe, dos cosas. Una: que tenía unos enormes, profundos y tristísimos ojos azules. Y dos: que ahora, ahora que ya tenías cuarenta y tres años, descubrías que habías nacido con una única y maravillosa misión: amar a aquella mujer de la que estabas enamorado desde el mismo día que viste esa cara enrojecida, regordeta y simpaticona de aquel doctor que te arrancó de aquel
lugar tan calentito: mamá.
Ahora mismo, con el tercer vaso de whisky inmovilizado en tu boca, recordabas con desagrado, vergüenza y también un poco, un poquito solo, reconócelo, de asco, tus antiguos noviazgos con Ana, con
Rosa, acuérdate también de Martita, donde tan estúpido como ingenuo creiste haber colonizado el amor. Pero ahora, viéndola allí enfrente, tan frágil y desprotegida, dándole infinitas vueltas a su bolso de plástico rojo, sentías vergüenza de ti mismo. Si, lo entiendo. Te avergonzabas por no haber sabido reconocer antes el Amor, con a mayuscula. Toda una vida, tal vez toda una eternidad llevabas, sin siquiera saberlo,
esperando un momento como este, un momento en el que supieses, asi, de una forma tan contudente, que habías amado, amas y amarás por siempre jamás amén a aquella mujer que desde esos salvables cinco metros no se había dignado a dedicarte ni una, ni siquiera una miradita.
Creo que es justo que diga que, aparte de aquellos ojazos, presuntos y ciertos a la vez, también te habían hechizado el descaradísimo pelucón rubio que tan, pero tan gracioso le quedaba, aquellos insinuantes,
gruesos y turbadores labios pintados de un rojo animal, el tremendo culo rebosante que pedía a caderazos y golpes de nalga liberarse de la tirana opresión de la ajustadísima minifalda de lentejuelas, inmensa carrera en la media derecha negra, y unos pechos tan descomunales y prometedores que no pudiste evitar un ligero temblor en tus ávidas manos, temblor que fue transmitido al vaso y, de ahi, a los tres cubitos de hielo que tintineando produjeron una musiquilla, tlinc, tlinc, que a ti
te pareció la mas celestial y afrodisiaca de todas.
Y ahi, justo ahi, te olvidaste de quienes somos, de donde venimos, y lo más importante, adonde vamos, es decir, te olvidaste de que apenas dentro de un rato tendrías que abandonar la ciudad y abandonarla también a ella.
Mientras seguías mirándola, acuchillado su recorrido por inmigrantes cargados con gigantescas bolsas de plástico y por yonkis en busca de su penúltima dosis, algo, la lucidez que da el alcohol, me atrevo a
improvisar, te dijo que ahi, al alcance de tu vista y de tu mano, estaba tu ultima esperanza para justificar tan injustificable vida que llevabas.
Como el hombre que, a pesar de todo, cabalmente organizado has sido, lo primero que hiciste fue pagar los whiskitos que tan bien te habian sentado, y despues, con subrepticio gesto, contar el dinero, el poco dinero que te quedaba. 62,19. No, no es mucho, pero pensaste que debías arriesgar, que era tu obligación arriesgar. Tenías que decirla que la habías amado, que la amas y que la amarás siempre, ocurra lo que ocurra, que ya nunca otra mujer ocupara tu corazón ... Lo más sencillo sería, sin duda, y si el dinero te alcanzaba, claro, acercarte
a ella y contratar sus deseables servicios.
Te pusiste el gabán oscuro, te subiste el cuello, te atusaste el bigote, me acuerdo bien de eso, y con firmeza y determinación, sabiendo que tu futuro se encontraba tan cerca, te encaminaste, tan hombre y tan decidido tú, hacia tu inmortal amor, contando y recontando con disimulo el dinero que llevas en el bolsillo, por si acaso, digo.
Y cuando te encontrabas tan, pero tan, tan cerca como para ver que sus ojazos tremendos no eran azules si no negros, bueno, da igual, oiste con el alma de luto y violada tu esperanza: -¿Te vienes conmigo, chato? Puedes follarme o si quieres, te puedo dar por culo por treinta euros, y también te la chupo.
He de reconocer que, con una prestancia y una elegancia inimaginable en ti, diste un hermoso y efectivo giro de ciento ochenta grados y comenzaste a irte por donde habías venido, a huir de esa impresionante voz de bajo Sparafuzile que te había demostrado que, en fin, no somos nadie, coño, ni siquiera en vacaciones.
Mientras intentabas esconder tu desilusionada y, por que no, avergonzada cabeza en el cuello del abrigo, tus enrojecidas orejas aun tuvieron tiempo de escuchar un poético: "!Tú te lo pierdes, cabrón! !!La tengo como un caballo!!
Y aún, aún tuviste tiempo para no perder el tren.
Comentarios (1) - Referencias (0)
Referencias
Comentarios
-
Si es que los whisquitos son muy malos.....¡me ha encantado¡
Comentario de morgaana hace 4 años y 53 meses
