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el mar ante el espejo

Bitácora absurda

FRIO

Sucedió en la Travesía de San Mateo, un día cualquiera de noviembre, en uno de esos viejos y decadentes cafés con olor a defunción que poco a poco le van robando a Madrid.

Anónimo escritor, le gustaba sentarse siempre a la misma mesa, junto a la ventana, desde donde podía ver la soledad de la calle, rasgada de vez en cuando por algún caminar ansioso.

Le gustaba ese café y esa calle por que eran tranquilos y silenciosos, un lugar ideal para poder escribir su segundo libro. El primero, una colección de pequeños cuentos infantiles, vagaba sin reposo de editorial en editorial en busca de justicia o piedad.

... Y alli fue, en ese rancio café de la Travesía de San Mateo donde una noche notó por primera vez que su mano derecha estaba ligeramente mas fria que la izquierda. No le dió mayor importancia. "Problemas circulatorios", pensó. Pero con los días, la sensación de frio fue en aumento. Preocupado, decidió acudir a un médico. Días después de numerosas y complicadas pruebas, regresó para conocer los resultados. El rostro del doctor estaba serio, profesionalmente preparado para transmitir malas noticias. "Es difícil para mi decírselo, pero debo comunicarle que su mano derecha falleció hace tres semanas."

Salió de la consulta más desconcertado que atemorizado. -¿Cómo es posible?. Recordaba perfectamente que en esas tres semanas y a pesar de sentir la mano totalmente gélida, había podido desarrollar con ella funciones vitales: comer, rascarse la oreja y, sobre todo, acudir al viejo café y escribir, escribir siempre. Lo que ni siquiera sospechaba era que las letras ya llegaban muertas al papel, las frases eran abortos, los libros, tumbas donde ocultarlo todo.

Decidió amputarse la mano derecha y enterrarla en el único tiesto que había en el balcón de su casa, un geranio que nunca se atrevió a florecer. Tal vez fuese un buen abono.

A partir de ese día se esforzó en hacer todo con la mano izquierda: aprendió a comer, a rascarse la oreja, a coger la taza de café sin que se le derramase sobre las hastiadas hojas y, sobre todo, regresó al café a escribir: otras letras, otras palabras, frases, libros...

Fue entonces cuando una densa y asquerosa noche navideña, mientras desenroscaba con premiosa ritualidad la capucha de su vieja Montblanc, sintió un leve cosquilleo y una cierta sensación de frio en su mano izquierda.

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